viernes, 14 de octubre de 2011

Los Intocables (sin Eliot Ness)

por Juan Carlos Giuliani

En este, nuestro país, los banqueros, los señores de la timba financiera, son intocables. Se florean por todos lados como grandes personajes sin disimular un ápice su condición de usureros. No hay poder que consiga desmontar la impresionante maquinaria de ganar plata que fabricaron jugando al juego que más les gusta: el de la especulación.

Al menos, eso es lo que aparenta la frágil respuesta del sistema político-institucional para poner freno a una actividad distorsionada, preñada de prebendas y privilegios.

A casi 30 años de la restauración democrática la Ley de Entidades Financieras, viga maestra en el andamiaje que le dio sustento al modelo neoliberal, permanece invicta. Ningún gobierno democrático se animó hasta el momento a meter mano en el estatuto jurídico de la “Patria Financiera” heredado de la dictadura y que preserva intacta la fabulosa renta financiera.

La legislación, hecha como un traje a medida para los dueños del capital financiero nacional y extranjero, tiene más de 34 años de vigencia sin que los gobernantes electos desde el 30 de diciembre de 1983 hasta acá se hayan dignado siquiera a considerar seriamente su urgente y necesaria modificación.

El régimen bancario en la Argentina tiene como marco legal la Ley N° 21.526 de Entidades Financieras dictada el 14 de febrero de 1977 y que lleva las firmas del genocida Jorge Rafael Videla, Alfredo Martínez de Hoz y del ministro de Justicia de la tiranía oligárquico-militar, brigadier Julio Gómez.

Desde entonces, los bancos no han dejado de actuar como una aspiradora que succiona la capacidad de ahorro nacional. Giran a sus casas matrices radicadas en el exterior sumas millonarias en concepto de utilidades obtenidas a costa de chuparle la sangre al pueblo: una expoliación que no tiene otro nombre que no sea el de la impunidad del poder.

Después del sofocón que significó la crisis de 2001-2002, “Corralito” y “Corralón” mediante, cuando las entidades bancarias tuvieron que blindarse literalmente para evitar la justificada furia de los ahorristas estafados, en la actualidad exhiben –de manera impúdica- su innegable condición de “ganadores” del “Modelo” imperante.

Cuando Duhalde le ganó la pulseada a los sectores que promovían la dolarización lisa y llana de la economía e impuso la devaluación para salir del régimen de Convertibilidad ideado por Domingo Cavallo durante el menemismo, y sostenido por el tristemente célebre gobierno de la Alianza encabezado por la dupla De la Rúa-“Chacho” Álvarez, se produjo una extraordinaria transferencia de ingresos de los bolsillos de los asalariados a los grupos económicos. Los bancos, que estaban en el ojo de la tormenta por haber respondido con insolvencia a las demandas de los cientos de miles de ahorristas engañados en su buena fe, fueron los primeros y principales beneficiarios del auxilio del Gobierno. Un calco de lo que ocurre actualmente con la crisis sistémica en el mundo capitalista. “Primero los bancos”, es el lema del capitalismo globalizado. Eso es lo que se hizo en los años de la “Posconvertibilidad”. En lugar de ayudar a las víctimas del colapso económico y financiero, se propició el salvataje de los victimarios, los bancos.

La nueva ley tiene que regular y supervisar el sistema, definir a la actividad financiera como un servicio público para poner la banca a disposición de los intereses del pueblo y la Nación, promoviendo el crédito personal e hipotecario, sustentando la producción y no la especulación, en auxilio de las micro, pequeñas y medianas empresas a través de tasas de interés activas y accesibles en lugar de seguir tributando, como ahora, al exclusivo beneficio del poder financiero que, a tono con lo que ocurre en otros segmentos de la economía, se muestra cada vez más concentrado y extranjerizado.

Los banqueros siguen encabezando el ranking de los ganadores del “Modelo”. Como viene sucediendo desde hace varios años, los bancos volvieron a exhibir en el primer semestre de este año los mejores balances dentro de las empresas que cotizan en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires.

Las preguntas, entonces, caen de maduras: ¿Cómo es posible que cuando cualquier hijo de vecino va al mercadito de su barrio a comprar un kilo de carne, de pan o de fideos, tiene que pagar el 21 por ciento de IVA y transacciones financieras multimillonarias en dólares no tributen ni un centavo de impuesto a las arcas del Estado? ¿Cuándo se animará la clase política a sancionar una nueva Ley de Entidades Financieras? ¿En qué momento se realizará la demorada Reforma Impositiva para que definitivamente paguen más los que más tienen? ¿No habrá llegado la hora de cambiar la Carta Orgánica del Banco Central y de eliminar el Impuesto a la Ganancia al salario? ¿Quién le pondrá el cascabel al gato?

La capacidad de sobrevivencia de la renta financiera como un tótem intocable en el Olimpo del mercado demuestra a las claras, y mejor que cualquier otro relato, los límites de la democracia formal para poner en caja a los grupos de poder, la falta de voluntad política de la dirigencia para encarar una iniciativa de semejante naturaleza, y la necesidad de sustituir de raíz no tan sólo la injusta matriz de distribución de la riqueza sino también el modelo productivo.

Sólo entonces, cuando todos seamos iguales ante la ley dejará de haber hijos y entenados. Sólo entonces, cuando la justicia social regrese a formar parte de nuestras vidas cotidianas y de nuestro sueño colectivo.

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